Sus largas piernas se encontraban recostadas sobre el césped y aunque se podían observar rastros de tierra en su camisa de cuadros favorita, en este momento no le importaba. El lugar era tan bello y pacifico, que su mente no dudo en extraviarse en los recuerdos de los últimos meses…
En mi vida hubo un antes y un después de Luisana Ego-Aguirre, hasta su nombre era singular. Emitía algo, una especie de energía que la hacía ser más bella de lo que ya era. Su cabello era largo y ondulado. Sus ojos tenían una particular luz que hacía que su expresión fuera tierna y angelical. Sus labios eran delgados, sin llegar al extremo, color rosado pálido que solía adornar con un simple brillo labial incoloro. Sus dientes siempre se encontraban al descubierto: era muestra de su alegría incansable y en medio de ellos, había una leve abertura que resultaba encantadora. Era de contextura delgada, con finas extremidades y pecas que cubrían adorablemente su espalda y brazos. Era perfecta.
Solía decirme como vestir para cada ocasión, su sentido de la moda era impecable, había sido su pasión desde que era muy pequeña. El hecho de que tenía su trabajo soñado: diseñadora en una reconocida marca de ropa, era en parte motivo de su felicidad. Yo era un escritor, solo un escritor mediocre con cientos de libros no publicados, pero ella, hizo que apuntara a metas mucho más grandes de las que alguna vez imaginé.
Cuatro años habían pasado desde el día en que la conocí. Me sentía preparado, aunque suene cursi, para pasar el resto de mi vida con ella. Recuerdo que el 30 de enero en mi cabeza no dejaba de sonar: Una canción de amor, de Gian Marco. Parecía estar hecha para nosotros y con la melodía aun en mi mente, le propuse matrimonio.
Luisana era como mi amuleto de buena suerte, pero cuando decidimos casarnos el mundo simplemente enloqueció. Un representante de autores de Nueva York, se contacto conmigo. Había leído un par de libros que le mandé gracias a ella y le habían encantado. Tenía contactos en editoriales y estaba seguro que comprarían las obras. Me ofreció, además, escribir artículos para el New York Times. Me quería en Nueva York la próxima semana para arreglar los detalles y en un mes tendría que mudarme definitivamente para allá. Tendría un departamento en Manhattan, la aventura de mi vida y el trabajo de mis sueños. ¿Qué más podía pedir?
El departamento era simplemente precioso, aunque aún no estaba amoblado, me aseguraron que al regresar estaría todo listo para mi estadía. Al verlo supe inmediatamente que le encantaría a Luisana. Era la segunda noche, ese viernes había sido uno de los más apretados de mi vida. Recostado en mi cama de hotel, aun no podía creer todo lo que estaba pasando. Fue entonces cuando el teléfono de la habitación sonó. No recuerdo la conversación exacta, en mi memoria solo quedaron grabadas unas pocas palabras. “Un conductor despistado chocó el carro de Lu; la han llevado a la clínica de emergencia”. Lo siguiente que recuerdo es estar en el avión de regreso a Lima.
–Verde, observé a lo lejos, ámbar, pisé el acelerador, rojo, frené en seco. Me encontraba atascada en el semáforo y ya era muy tarde. Removí ofuscada el cinturón de seguridad, sentía que me asfixiaba, además podía ver el edificio de mi oficina a unos cuantos metros. Verde. Intenté poner primera, pero mi mano estaba un poco entumecida, la sacudí levemente y realicé el cambio. Avance el carro sin darme cuenta que en dirección opuesta venia otro vehículo. De súbito todo se volvió negro. –relató Luisana.
El accidente no había sido tan grave a pesar de su magnitud. Un par de análisis más y nos iríamos de la clínica dejando todo este suceso como un simple recuerdo. Pero así no sucedieron las cosas. Un par de análisis, se convirtieron en tres, luego cuatro, cinco, seis y de pronto los doctores no paraban de entrar y salir del cuarto. No entendíamos bien que pasaba.
Esclerosis Múltiple: enfermedad crónica que ataca al sistema nerviosos central. Existen cuatro tipos, tres de los cuales se pueden tratar y el paciente lleva una vida normal. Esclerosis Múltiple progresiva primaria, el cuarto tipo. El que tenía Luisana. Su condición empeoraría sin poder hacer nada al respecto, estaba en la fase terminal. “Le quedan cinco años de vida aproximadamente y estos van a ser muy difíciles”. Fueron las frías palabras del doctor.
Dejaría de caminar, no tendría control de sus extremidades, le resultaría cada vez más difícil hablar, pronto no podría ser independiente. 10 de marzo. El día que debí tomar un avión junto a ella. Cinco años era mucho y a la vez muy poco tiempo. ¿Cómo podría alejarla de su familia, amigos, de su vida?
No había renunciado aun a mi futuro trabajo. No quería hacerlo. Sentía que la oportunidad de mi vida se estaba yendo para siempre. Pasaron dos meses. Dos meses en los que fui el hombre que se supone debía ser. El ultimátum desde Nueva York llegó. Es increíble como Luisana, empeoró tan rápido. Es increíble como yo, decidí que no podía quedarme más a su lado.
Y allí me encontraba una vez más. Ese lugar solía ser mi sueño hecho realidad. Puertas blancas, alfombra beige, muebles cremas, repisas color perla, ventanas con marcos blancos y mesas hechas de cristal con filos y patas de color marrón muy claro. Al entrar al departamento pareció que toda la tranquilidad de pronto me atacó.
Habían pasado diez meses desde que me mude a esa ciudad. La emoción ya había desaparecido. Entonces me di cuenta. Lo especial que se había vuelto mi vida no era gracias a mi sueño hecho realidad, era gracias a ella y ahora que no la tenía, todo volvía a ser una rutina tediosa.
Renuncié a todo y regresé.
Sus largas piernas se encontraban recostadas sobre el césped y aunque se podían observar rastros de tierra en su camisa de cuadros favorita, en este momento no le importaba. El lugar era tan bello y pacifico, que su mente no dudo en extraviarse en los recuerdos de los últimos meses. Pero al cabo de unos minutos volvió a la realidad, no tenía apuro de estar en otro lado, sin embrago, sabía que no merecía estar allí. Se levantó muy despacio, sacudió ligeramente su ropa y con la yema de sus dedos rozó la lápida de mármol.
–Lo siento.
(Mayo 2011)
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