Un par de gritos rompieron con el ambiente de
estrés que se respiraba en la oficina vacía. El ambiente no era consecuencia de
algún motivo en especial, simplemente era diciembre. Mes atareado, húmedo,
caluroso, de espera, sorpresas, pendientes y más pendientes. Los gritos no eran
de desesperación, auxilio o molestia. Eran gritos casi infantiles y ansiosos. Habían
descubierto que si te parabas en esa escalera metálica y fría, que casualmente
estuvo ese día allí y asomabas tu cabeza sobre esas paredes de 2 metros que
cubrían la terraza oeste del departamento, podías observar un atardecer mágico.
Celestes, amarillos, guindas, violetas y naranjas
conformaban la paleta de colores con la que se había teñido el cielo aquella tarde. La ciudad, en
contraste, mostraba solo siluetas. Ocultando la suciedad, imperfecciones y
descuidos característicos de los techos limeños. Se respiraba paz, que junto
con la humedad formaron por un par de minutos una combinación perfecta. Capaz
de dejar la mente en blanco, sin preocupaciones, relojes, agendas y pendientes,
esos que seguían llegando.
(Agosto 2013)
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