lunes, 23 de septiembre de 2013

Atardecer


Un par de gritos rompieron con el ambiente de estrés que se respiraba en la oficina vacía. El ambiente no era consecuencia de algún motivo en especial, simplemente era diciembre. Mes atareado, húmedo, caluroso, de espera, sorpresas, pendientes y más pendientes. Los gritos no eran de desesperación, auxilio o molestia. Eran gritos casi infantiles y ansiosos. Habían descubierto que si te parabas en esa escalera metálica y fría, que casualmente estuvo ese día allí y asomabas tu cabeza sobre esas paredes de 2 metros que cubrían la terraza oeste del departamento, podías observar un atardecer mágico.

Celestes, amarillos, guindas, violetas y naranjas conformaban la paleta de colores con la que se había teñido  el cielo aquella tarde. La ciudad, en contraste, mostraba solo siluetas. Ocultando la suciedad, imperfecciones y descuidos característicos de los techos limeños. Se respiraba paz, que junto con la humedad formaron por un par de minutos una combinación perfecta. Capaz de dejar la mente en blanco, sin preocupaciones, relojes, agendas y pendientes, esos que seguían llegando. 

(Agosto 2013)

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